Infancia en Berlín

por Mario Cámara

1
No tuve ninguna imagen de Berlín hasta esa tarde de 2005 en que caminé con Claudia por la Kollwitzplatz, en el barrio de Prenzlauerberg. Nos desplazábamos en medio de una noche acelerada que había caído antes de la cinco de la tarde. La plaza, las veredas, los árboles, todo estaba cubierto de una espesa capa de hielo, que sumado a la ausencia de autos, transformaba aquel paisaje en una fotografía boscosa, como si la plaza, los bares, las veredas fueran frágiles monumentos de una urbanización pronta a desaparecer.

2
Rápidamente descubro el mercado de los chinos, casi igual al que hay en mi casa de Villa Crespo. Tarde de por medio compro una botella de vino italiano o francés por dos o tres euros. La última vez me animé con un sudafricano syrah que traía un mini-cd de regalo: cuatro euros. Me refugio en la cocina del departamento de Stefan mientras Claudia estudia en el IAI. Por el momento Berlín es ese mínimo trayecto que va de la tienda del chino hasta el departamento donde alquilamos un cuarto. Mientras tanto, con Karin, la otra inquilina, hablamos de Montevideo.

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Me bajo del U-Bahn 2 en la estación del Zoológico. La Kurfürstendamm está llena de gente. Comparada con Prenzlauer Berg o incluso Mitte podría afirmar que estoy frente a una multitud. No sé bien dónde ir, ni tampoco tengo muchas ganas de perderme. Camino unas pocas cuadras y me meto a un pequeño café en donde pido un cafè latte y una masa dulce rellena de algo así como crema pastelera. De refilón observo la iglesia bombardeada del Kaiser Wilhem, la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche. Una de sus torres se encuentra rebanada. Antes de ayer visité Wannsee, la enorme casa en donde Reinhard Heydrich y Adolf Eichmann definieron la Solución Final. Ayer fui con un amigo recién llegado de Buenos Aires, Roberto, a Sachsenhausen, un campo situado en Oranienburg, muy cerca de Berlín. Durante el viaje en tren pude observar un ciervo en medio del bosque nevado. La estación de Oranienburg era fea, descolorida con sus cerámicas celestes. De regreso a Berlín noté que el campo estaba rodeado de casas. En fin, nada que no se pueda imaginar: la gente observaría la larga hilera de prisioneros rumbo a su pronto aniquilamiento. Pienso, mientras tomo el cafè latte, que Berlín no es una ciudad para hacer turismo pese a las tontas páginas oficiales que la promocionan como si nada hubiera pasado. Demasiadas catástrofes se amontonan a cada paso. Y sin embargo es un lugar para vivir. Salgo del café y me dedico a investigar una serie de pequeñas galerías. No tienen el encanto de los pasajes benjaminianos, más bien todo lo contrario. Son pequeñas cuevas abyectas y eso me deleita. Me detengo en unos pocos bares, muy alemanes imagino. Allí, algunos hombres, vestidos con trajes baratos beben cerveza y miran la televisión. Hay máquinas tragamonedas que nadie usa. Me detengo también en unos locales que venden entradas con descuento. Me sorprendo con la cantidad de basura que hay en cartelera y me pregunto quién irá a ver esas piezas. Tal vez viajeros de paso o jubilados del norte del país, polacos súbitamente enriquecidos, mafiosos rusos. Berlín posee una infraestructura cultural que la asemeja a París pero aquí no hay turistas. Se puede ir al Hamburger Bahnhof a ver a Beuys y estar solo en la inmensa sala.

4
Lo primero que hago en mi segundo viaje a Berlín es ir al Kaiser. Compro papas, salchichas, huevos, el syrah sudafricano que conocía de mi anterior viaje y un aceite de oliva italiano. Regreso apurado a mi departamento. La cúpula de la Fernsehturm, a punto de ser engullida por una nube baja, es visible desde la Schönhauser Allee. El departamento es el mismo en el que estuve cuando visité a Claudia. La diferencia es que ahora estoy solo. Stefan está de viaje en Uruguay y me ha permitido usar el comedor, magníficamente decorado desde que está casado. Me preparo una ensalada de papás, huevos, salchichas. Me sirvo una copa de vino. No quiero nada más que esto: sentirme un extraño viviendo en una lengua extraña.
Conecto la computadora y me propongo bajar toda la discografía de David Bowie, por supuesto que no lo consigo.

5
Le escribo un mail a Timo Berger. Todavía no lo conozco. Tengo su dirección gracias a Laura Erber. Me responde rápido. Dice “venite al bar Macondo en Friedrichshain”. Te tomas el Straßenbahn y llegás en un toque. Para mi desesperación, las indicaciones son muy poco precisas. Pero Timo es el único contacto que tengo en este segundo viaje a Berlín y me obligo a encontrar el tranvía, la parada y el bar. El tranvía va lleno. Una alemana relativamente gorda manipula una generosa salchicha. Más que manipularla se la va comiendo. El hombre que está a su lado sonríe. En otra zona del vagón, cinco jóvenes cantan, cada uno tiene una botella de cerveza. A nadie parece importarle. Concluyo que los berlineses deben ser alegres.
Pregunto por la calle unas diez veces. Alemanes y turcos intentan explicarme pero sólo consiguen confundirme más. Mi determinación es absoluta y pese a todo llegaré, me digo. Camino unos veinte minutos, tengo un mapa conmigo, vuelvo a preguntar. Finalmente aparece la plaza –una de las referencias que me dio Timo- encuentro el bar. Entro. Lo veo a Cucurto con un libro cartonero. Salvo al Cucu no conozco a nadie, ni siquiera a Timo a quien nunca vi.
-“Marito, ¿qué haces acá?, me pregunta el Cucu.
-Te vine a ver a vos, respondo.
Me pido una cerveza grande. Me presentan a Timo, le entrego unas Grumos y conversamos muy poco. Aparece Edmundo, un tarijeño, y me dice que yo no soy prepotente como otros porteños. Es que no soy porteño, miento. Soy de la provincia. Hay lectura de poesía. Leen Rery Maldonado, Cucurto y el propio Timo. A medianoche estoy en casa de nuevo.

6
Con Timo Berger empieza todo, aun después de que haya comenzado. Es decir, Berlín comienza antes. Más exactamente un año antes. Pero el sentido, como todos sabemos, se va construyendo al final de la serie. De mis cuatro viajes a Berlín, Timo apareció en el segundo y siguió. Esa presencia reconfiguró el primer desembarco. Sin embargo, Timo es una presencia-ausencia en Berlín como también lo es en Buenos Aires. Está presente pero no recuerdo haber hecho un solo paseo con él, salvo los desplazamientos de un evento –por ejemplo una lectura de poesía- a un restaurant, o de un bar a una fiesta. No hay paseos con Timo ni recomendaciones de paseos. Si le preguntas te responde con un “qué sé yo, che”. Si hay schnitzel con fideos memorables o comidas interminables y deliciosas en sus casas –ya conozco dos- o multitudinarios encuentros en el Léttretage o en el Cervantes. Pero no paseos. Timo está en la redacción o de viaje –Buenos Aires, Lima o el Amazonas- u organizando un encuentro de poesía, pero jamás pasea. Eso es lo que me gusta. Pese a todo, entre un objetivo y otro, Berlín va apareciendo: la gran zona de Kreuzberg, la frontera entre Mitte y Prenzlauer Berg, Friedrichshain, Neukölln.

7
Mi Berlín privado es breve y banal. Se reduce a fisgonear en la Akademie der Künste -a veces voy al baño allí-, llegarme hasta el Einstein –en la Unter den Linden- a tomar un capuchino con Strudel y leer El País, ir al Babylon de Kreuzberg o de Mitte a ver alguna película. Otra de mis rutinas es observar el Tiergarten sentado sobre uno de los bloques oscuros del Memorial del Holocausto. Allí la Hannah-Arendt-Straße se junta con el bosque donde Walter Benjamin solía pasear de pequeño. El Sony Center brota a lo lejos como una pesadilla metálica: el capitalismo ha triunfado y otra catástrofe se amontona sobre esta ciudad.

8
Es mi primer contacto con la provincia, como le dice Rery. De hecho es ella la que me ha invitado a comer unos döner kebab en Kreuzberg. Me bajo en la Kottbusser Tor. Me asombra la combinación de marginalidad y tranquilidad de la estación. Decenas de junkies con botellas de cerveza y perros vagabundos conversan sentados en unos pocos bancos o al pie de la escalera. Camino tres cuadras. Observo una biblioteca pública llena de libros de turco. Espero por Rery casi una hora y media. Finalmente llega. No digo nada. Vamos a comer a Hasir. El lugar está lleno y el mozo que nos atiende parece sacado de Sarkis.

9
Con Gustavo Chicho Lopez nos juntamos en un locutorio que está debajo de la Fernsehturm y terminamos en un locutorio de Kreuzberg. A Gustavo le gusta pararse a mirar ropa, a mi no. A Gustavo le gustan las ferias, a mi no. A Gustavo le gusta sacar fotos, a mi no. De hecho me obliga a actuar poses que considero humillantes por lo turísticas, bajo la puerta de Brandemburgo por ejemplo. Sin embargo, nos llevamos muy bien. El domingo hacemos una extensa caminata a orillas del Spree. Culminamos, claro, en el locutorio de Kreuzberg.
Gustavo tiene la para mí increíble capacidad de caerle bien a todo el mundo. Bueno, de hecho me cae bien a mí. Vamos a un cumpleaños al que nos invitó Rery, que por supuesto llega tres horas tarde. No conocemos a nadie. Media hora después Gustavo está bailando en el medio de un grupo que le hace palmas. Más tarde, estamos en un bar con algunos de los que estaban en el cumpleaños. Tomamos sin parar. Yo me esfuerzo en ser simpático. Imito hasta el plagio a Gustavo. Pero a la hora de las despedidas, conmigo son fríos, distantes. A Gustavo lo abrazan, lo conminan a un próximo encuentro, casi le piden fecha y hora.

10
Con Gustavo figuramos como invitados en el programa de la Latinale organizada por Timo y Rike. Yo coordino una mesa en el IAI y Gustavo participa en el panel. Lo escucho allí pero también en la primera cena en casa de Timo y en una charla posterior en el Cervantes, sobre edición de poesía. Me cautiva su precisión y sobre todo su entusiasmo. Me siento un vampiro que trata de apoderarse de su energía. Prometo que a mi regreso a Buenos Aires tendré esa vitalidad.

11
En mi cuarto y por ahora último viaje a Berlín, antes de tomar el tren para volver a Ámsterdam, voy a fumar un cigarrillo. Estoy en la Hauptbahnhof. La mole de vidrio y acero más grande de Europa, así la publicitan. Cuando estoy afuera un Penner –linyera- baja el cierre de su bragueta y mea frente al caballo metálico que adorna la estación. Luego saca un cigarrillo y pide fuego a una pareja que está fumando al lado de una de las puertas.

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