BAJO EL CIELO DE BERLIN

Uno de los poemas que escribí en los días que estuve en Berlín en el Festival Rodante de Poesía Latinoamericana, Latinale, en el 2007, fue: “Debo retratar el esplendor/ de un ángel hacia lo alto/ de un verde acerado/ hongo con nostalgias/ de caballos de fuerza en las nubes./ Ya los autos del viento conducen/ a los patos de las afluencias del río Spree./ Ya son 37 años en el comercio de las palabras/ con los dioses./ Debo contabilizar estos árboles con ladrillos íntimos/ con serenos labios secos/ con raíz de metales y truenos/ con canciones turcas./ Unas manos pelan el pepino azulino/ entre filas de canastos y cuervos./ Un trompetista anuncia la noche en el subterráneo,/ pasajero fulgor entre latas de sardina./ Debo escribir todo esto antes que me lleve el olvido,/ porque la presencia de lo divino es otra historia/ que se vierte de un corazón a su hija:/ la poesía.”

Eran alucinantes días en que yo iba por la Alle Prenzlauer recordando un poema de Mirko Lauer que dice: “Me orino de tanta soledad y huelo, mi infancia en su frondosa malla pública”. Y, lleno de oxígeno, llegaba hasta Alexanderplatz, masticando el mudo idioma de mi lengua, para no enfriarme, entre otros nombres como encabritados: Friedrichstraße, Oranierburger Straße, Stadmitte, Tiergarten. Sonidos cuasi graves y esdrújulos que luego se me hicieron familiares, amigos, cantos de mi barrio en La Victoria de Lima, tipo chicha o bailanta al estilo Cucurto. (Uno de las momentos más surrealistas, oníricos, que he visto en mi vida, fue cuando vi la bola de la torre de televisión entre la niebla aflorando con luces gaseosas, bajo la lluvia que me agarró de pronto en plena noche de vagabundeo.)

Y entre esos días de inmensos palacios y Guillermos, con recitales en Postdam, en el Instituto Cervantes (donde fui presentado por Rike) y más, subí los 285 escalones que había hasta llegar al “Else Dorada” sobre la Columna Victoria. Y luego volé hacia Colonia, en un bus sudamericano atravesando las pampas y punas germanas, chacchando la coca en semillas y frutas secas que allí chacchaban los hijos de Hölderlin, entre otros poetas venidos, como yo, de otra galaxia: Amaranta, Andrea, Damián (como el libro de Hesse), Lalo, Héctor, etc.

Y después volví a Berlín, caminando por Kreuzberg, entre los queridos kebabs, con Crisólogo y Matienzo buscando en todo Kreuzberg donde comer; y luego atravesé la puerta de Brandenburgo, en una marcha poética bien peruana, con trompetas y pututos; atravesé igualmente todos los muros que quedaban en pie, leyendo a cinco poetas alemanes de hoy, editados por Timo. “Los implorados de las fábricas de Riester/ intercalan el cuarto turno./ La tapa de los sesos cuelga/ Por marcha adicional el cerebro a/ sesenta grados, ablandado en el posavasos/ Donde el camarero dibuja tres cruces,/ y un cuerno por el aguardiente./ Desde la medianoche hasta la hora cero/ Alguien detalla la verdad/ En la producción de bienes de consumo/la macedonia de frutas en recipientes de cartón/ IF KARL MARX WAS A BOY / Con menos calorías la misma elasticidad/ Más de cuatro millones no pueden repetir/ En el espejo leo la borra/ del café OBEDIENTE RECEPCIONISTA BUSCA LIQUIDDOR/ A FIN DE EXPANDIRSE EN EL REINO ANIMAL/ El salto en la clave satelital/ Los hamsters enceran en el baño/ CONTRABAJA COGOBIERNA/ Maréate con los ojos dietéticos de Maggi./ El tatcherismo es mejor que limpiar todos los días/el polvo del pasillo./ El Estado, nuestro compañero de meos,/ ayuda social sobre charcos congelados/ PONGAN LA MUSICA QUE PONGAN/ YO SIEMPRE BAILO VALS/ En largos paseos, que finalizan/ en piscina de aire libre: al fin solos con el mercado/ En el centro a mediados del solsticio de invierno/ Si fuera yo un buen trompetista/ o al menos Scout LaFaro” (poema de Tom Schulz).

No es precisamente el orden que allí vi tan semejante al orden de mi ciudad, con la precisión de sus metros casi tan exactos en llegar al paradero como las combis limeñas; o su gente que lee libros en los metros, como veo aquí en la inmensa gente lectora que se aglomera en las librerías; no, es algo diferente lo que me hace extrañar esos días, y que hace también que me vengan las ganas ubérrimas de volver.

Miguel Ildefonso,
16 de Oct. 2008

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