Latinale 2018. Una crónica

Poesía vagabunda. De Ethel Barja

Ethel Barja

(Die Chronik liegt nur auf Spanisch vor)

  1. Andanzas poéticas

El pasado 18 de octubre, en la Sala Simón Bolívar del Instituto Iberoamericano en Berlín se dio inicio la doceava edición de Latinale, Festival Itinerante de Poesía 2018. Este año, la creación multilingüe y los imaginarios de geografías diversas mostraron la fecundidad poética de vena Latinoamericana que se viene haciendo en Argentina (Gabriela Bejerman, Sergio Raimondi), Colombia (Juliana Enciso, Valentina Ramona de Jesús, Yojan Murcia), México (Alejandro Tarrab, Diana Garza Islas), Chile (María Paz Valdebenito, Tomás Cohen), Perú, Costa Rica (Queen Nzinga Maxwell), Puerto Rico (Mayda Colón), Estados Unidos (Bonafide Rojas) y Alemania (Lubi Barre, Nefeli Kavouras). Esta constelación de poetas demostró que la escritura Latinoamericana está desterritorializada, que habla desde más de un lugar (espacial y lingüístico) y que la riqueza en su origen se replica en la multiplicidad de recursos con los que se potencializa su presencia visual y sonora. Esta pluralidad de forma y contenido no pudo ser más elocuente que el homenaje inaugural a los poetas del Nuyorican Café, núcleo cultural de la diáspora Puertorriqueña en Estados Unidos. En este contexto, la voz de Bonafide Rojas cobró un significado mayúsculo: “in my house pictures of albizu campos, / jimi hendrix, che guevara, the beatles/& jesus christ hang next to each other”; y se enfatiza un lugar de enunciación poliédrico: “a nuyorican & a puerto rican/ walk into the bar & they both/ ask for a cuba libre” (“Thirty ways of looking at a Nuyorican”). El nomadismo de íconos culturales mostró desde la primera noche de festival que las fronteras (que circunscribirían a los y las poetas) son porosos espejismos se atraviesan constantemente. De ahí que, Mayda Colón leía en “Todavía matan poetas”:

como si con la muerte frenaran
las palabras tantas que se ocupan.
como si sin noticias Nicaragua doliera menos,
como si a falta de visuales Guatemala
se arrancara el humo
y la lava vertida en Hawái
no le hiciera surcos con su fiera temperatura
al mar de todos

Ese freno imposible indica que el dolor se filtra más allá del lenguaje informativo, abraza las emanaciones del dolor y construye un techo para ellas en el campo abierto del lenguaje. Así, la acción poética se hace cargo de una precaria porción de la realidad que observa, impugna, construye, desmantela y vuelve a construir, porque como ya había dicho Ernesto Cardenal: “él [el poeta] purificó en sus poemas el lenguaje de su pueblo/ en el que un día se escribirán los tratados de comercio, / la Constitución, las cartas de amor y los decretos” (Epigramas). Nadie como el poeta se ocupa de una suerte de mantenimiento del lenguaje, de sus reinvenciones constantes en las que no se le niega ni la alegría, ni la desolación, como muestra Queen Nzinga Maxwell en sus versos  de aire reflexivo y crítico:

tiempo de cadenas
tiempo de ardua labor
tiempo de amargas penas,
inimaginable dolor
y agonía

y cantos de alegría se alzan hoy en día
celebrando el fin de esta espantosa herejía
sin tomar en cuenta aquellas y aquellos
que aún viven la esclavitud día a día

De esta manera se actualizaron las huellas de la esclavitud como parte fundamental de la memoria histórica. Se abrió la herida de este lado temporal para establecer a través de la poesía  formas de pensar la solidaridad no sólo con los antepasados propios, sino con quienes sufren inclemencias análogas hoy, que incluyen el feminicidio y la necesidad de trabajar con el lenguaje inclusivo. Por su parte, en la línea solidaria los versos meditados de Mayda Colón ofrecen otras miradas:

Y me duelo en la mirada
latitudinalmente,
Centroamericanamente, si aún es posible,
cotidianamente en la tragedia de un dolor
memorizado, de un ademán de cansancio que se finge eterno.
Testigo de cómo cambia un país
cuando se ama a uno solo de sus habitantes.
Ese dolor de nada entre los dientes
esa inocencia rota
que ya se cree mía;
ese cadáver de luz
que se sabe nuestro
y por nuestro
habrá que ponerle nombre

El tono Vallejiano de la réplica del sufrimiento en el yo poético, coloca el dolor en primer plano y se convierte en un hilo invisible que une una comunidad del sentir que provienen del discurrir sobre el lugar del sujeto en el mundo.  Con esas mismas preocupaciones y tono propio, Valentina Ramona de Jesús mostró ejercicios poéticos de introspección y reflexividad: “todo lo humano también es divino solo porque es humano/y existe un efecto transcendente en el acto de no cruzar ciertos litorales/ para que la vida no le haga golpe de estado a las palabras/ o para que un verso no le haga golpe de estado al sexo”. Quizás el estado de las cosas no sea más de golpe, sino de búsqueda de plenitud encarnada. La poeta indica, en última instancia, que la vida y la poesía no se excluyen y que el lenguaje poético se ocupa de trascenderse a sí mismo, penetrar en la vivencia humana y desde ahí generar su alquimia.

Al final, Juliana Enciso en su papel de moderadora indagó en las obsesiones, preocupaciones y proyectos estéticos de los autores; sobre todo, en relación a las motivaciones musicales que pudieran acompañar su quehacer poético- ritmos acaso vinculados al impulso primigenio, a la alegría o tristeza que invade el fuero interno antes de la jornada poética, y respecto a esos ritmos que invaden los cuerpos y son fieles compañeros de danzas y andanzas de pre y post-escritura.

  1. Poesía de paso:

En el segundo día tuvo lugar “El taller de traducción Latinale”. La Biblioteca Pablo Neruda de Berlín recibió a un grupo de entusiastas de la palabra. No se conocían mutuamente. Cuatro integrantes llegaron en condición de poetas invitadas: Gabriela Bejerman, Diana Garza Islas, Queen Nzinga Maxwell y quien escribe. Aunque se había anunciado formalmente un Taller de traducción (Latinale Übersetzungswerkstatt) este encuentro fue un gesto de bienvenida a través de la hospitalidad en la lengua del país de acogida; es decir, una cordial invitación a descansar los pies en el suelo de otras entonaciones. La condición de visita, nunca podría haber sido más relevante. Las poetas estaban en tránsito, se ajustaban a la diferencia horaria y a los cambios de temperatura. De igual forma durante cuatro horas, su escritura se convirtió en una pasajera inquieta, llena de conmoción entre lenguas (español, inglés, alemán). La algarabía era comprensible, porque cuando la escritura emprende un viaje de su casa lingüística a otra constata su personalidad sin proponérselo del todo. Descubre sus necesidades, costumbres y manías a través de la exposición al nuevo medio. Así, la traducción, como un viaje metafórico, se convirtió en una travesía de auto-reconocimiento de las propuestas estéticas de las escritoras. Por ello, las presentaciones iniciales no fueron rutinarias, sino el inicio de la caracterización de las formas de escritura particulares. De modo que progresivamente, en la medida en que los poemas empezaban su tránsito hacia sus formas en lengua germana, se fueron decantando algunos aspectos de la voluptuosidad y ternura del lenguaje de Bejerman, la dimensión lúdica y fonética de la poesía de Garza Islas y las tensiones rítmicas y reflexivas de Queen Nzinga Maxwell.

Laura Haber y Timo Berger fueron los anfitriones encargados de que el hospedaje lingüístico ofreciera sus mejores aposentos: habitaciones dialógicas que debían construirse con las cualidades de los talleristas multilingües, profesionales y amateurs de la traducción. Quizás una de las claves de lo que llamaremos traducción hospitalaria sea convertirse en un diálogo no acabado entre el texto original y el texto futuro en la lengua de destino. Se trataría de una sincronización de preocupaciones que se reúne con motivo del poema: ¿de dónde salió? ¿por qué?¿hacia dónde? Estas interrogantes convocaron un aura traducible que los y las traductoras debían explorar en un intercambio necesariamente dinámico. Las poetas se vieron obligadas a aclarar la biografía de los poemas, como quien es capaz de hablar de la infancia de los textos y sus respectivas pulsiones. Mientras acudían a esa reconstrucción de los hechos con cierto pudor o placer, las autoras ejecutaban una primera traducción sin proponérselo. Así, embarcaron los poemas a su transmigración, se desprendieron de ellos para dejarlos navegar en la novedad que tomó a los talleristas por asalto, pues no sólo se buscaron equivalencias entre lenguas, sino que también se crearon palabras nuevas, circunlocuciones enteras, y nuevas imágenes. La magia de la licencia de la traducción poética hizo que la fibra de lo poético esté más presente que nunca allí donde la palabra fluyó y emprendió una metamorfosis inacabada.

Asimismo, esta traducción hospitalaria puede entenderse como una performance de los mecanismos de la traducción. El taller se convirtió en un lugar excepcional donde se puso en acción el contacto entre lenguas a partir de factores que difícilmente pueden sincronizarse con facilidad como la voz (ritmo, rima, entonación), autoría (aspectos semánticos, históricos, biográficos) e interpretación. De modo que el acceso de primera mano al fundamento del lenguaje onírico de Garzas Islas, la picardía de Bejerman, el spoken word reflexivo de Maxwell, y la concisión y concentración de imágenes de quien escribe imprimieron un carácter único al resultado de la jornada. En estos términos, la traducción asumió su ser circunstancial y su dimensión de experiencia, donde los juicios, prejuicios e impresiones se sumaron orgánicamente a la trayectoria que los textos debían emprender en el espectro que iba de la fidelidad a la libertad.

Así, la condición de visitante de la escritura de las poetas no impidió que la calidez hospitalaria la hiciera sentirse un poco en casa, que reconociera la nueva casa lingüística y que también descubriera encantos suyos que antes no había reconocido en sí misma. De ahí que en última instancia la traducción hospitalaria resultara un grato descubrimiento de nuevas formas de ser de la palabra, que en cuanto más se deja llevar por la nueva geografía, se hace más plural y se llena de vida.

  1. Astros poéticos

El día sábado, Laura Haber moderó la lectura de Juliana Enciso, Diana Garza Islas, Alejandro Tarrab, María Paz Valdebenito, Mayda Colón, Gabriela Bejerman y quien escribe. La velada tenía el título de “Poetas aparte”. Rike Bolte en sus palabras introductorias profundizó en el significado de esta denominación y aclaró que la poesía reúne dos procedimientos: “La poesía es un arte de apartarse, con la escritura, del mundo.  A la vez, es una estrategia de inmiscuirse en él” y añadió que la poesía de Latinale 2018 era “un laboratorio espacial: distante y luminosa como una estrella”. Efectivamente, los y las poetas se volcaron al escenario con una gama de instrumentos para medir esa distancia entre palabra y realidad, para sopesarla, para dudar de ella, para mirarla con sospecha, etc.

Habrá sido quizás la realidad que se retrae, que la poesía caza en vuelo y la ve en sus manos como una materia indescifrable, que luego se transfigura en lengua enigmática como en la poesía de Alejandro Tarrab: “algo sobre mí/ sobre mi propio autorretrato/ y el fenómeno de la ciencia/ y la radiofonía una radioconferencia/ celebrada digamos hacia 1925/ esto es antes o después/ o en el instante mismo/ cargado electrificado por punzones/ y mi voz y la radio y la ciencia/ y el arte inaudito de la ciencia/ jugando marañas con mi trazo/ con mi voz débil como es/ quiero decir y nada más (“Vidas”). Habrá sido tal vez la realidad de paladar acrobático, de vocal incendiando el sendero verbal como en la poesía de Diana Garza Islas:

Qué tanto nace capullo que no fui y di permiso.
Qué tanto tiene forma oval, color así, dalila en medio,
nombre mío, que no ví.
Y con un calosfrío, por no temblar.
Y con un volado roto, para mí.
Y encontrarlo abierto, en la puerta,
y ya saber. (“Si sí colmenan”)

Habrá sido la realidad de los peligros cotidianos que la poesía de Mayda Colón advierte: “Por favor, evite ir lento/ recójase los hombros y no mire hacia arriba o hacia atrás, / que se nos viene esta calle con su horror/ que de cualquier esquina salta un matón, dispuesto, / a volarnos la tapa de los sueños” (“Esta astucia anárquica terminará por dejarnos descalzos”); y, entonces,  cada línea es guardiana de distancias no entre palabra y realidad, sino entre palabra y realidad densa, a media luz, de ruidos fundamentales, de advertencias definitivas. Habrá sido quizás la realidad del mundo simbólico, pantallas y bordes de comunidades textuales como en los poemas de Juliana Enciso: “La locura tiene el mar Melville en los ojos/ Y el salitre de los pescadores/  de cangrejos Reales en la quijada” (El rostro de la locura). Acaso habrá sido la realidad encerrada en cajas de música que son cajas de resonancia, como las de María Paz Valdebenito que fiel a la tradición chilena retomó los diálogos entre poesía y canción: “Cuando dejemos de confiar/ en las imágenes que el espejo nos ofrece/ comenzaremos a ahogarnos en el agua/ y ya no en la angustia del pensamiento” (Sonata de un álgebra herido). Habrá sido tal vez la realidad cotidiana que Yojan Murcia invocaba en su búsqueda en los intersticios que pudieran dar un camino imaginativo para que dos más dos fuera cinco, como alguna vez señalara juguetonamente e.e. Cummings. Habrá sido quizás la realidad voluptuosa que la poesía de Gabriela Bejerman toca tersamente:

los bichos brillan volando alrededor de la luz
y brillan tus mensajes cuando llegan
la luz es color naranja
se parece al gusto del damasco que hago durar
en mi boca
en la noche
espero antes de abrir tus palabras
beber de tu boca
el amor es un fruto color damasco
se abre su luz de noche
un mensaje silencioso
para dormir muy tranquila
sintiendo tu respiración
a cuatrocientos kilómetros
y tu boca chorreando helado de noche (“los bichos brillan…”)

O la realidad de más de una Gaby en escena, Gaby Bex, cantante de personalidad arrolladora, y Gaby madre con su bebé en brazos se superpusieron ante las luces con la versatilidad que la palabra poética hace posible. Quizás habrá sido, también, la realidad del signo indeciso que intenté con retazos de historia en una superficie embriagada de poesía movimiento, la que sin pena proclamó la muerte de la metáfora en poemas preparados para el capitalismo salvaje.

  1. La poesía canta y se desplaza

Durante la última noche en Berlín, la poesía retomó su unidad básica: el ritmo. Los pasajes no tan secretos entre poesía y música brillaron en las voces de Alejandro Tarrab, Bonafide Rojas y María Paz Valdebenito, a quienes acompañó Daniel “El Congo” Allen durante todo el evento con su trompeta e instrumentos de percusión. Nuevamente, los sugestivos poemas de Tarrab asaltaron al oído con el ritmo interno del poema, que despojado de cortes versales persiguió la tensión rítmica de una imagen tanática: “He masticado el odre de una piel frente a los cristales de la casa. Lo he tragado largamente a través de seiscientas trece entradas, de todos mis peligros, lo he llamado a mi circunstancia. Lo he llamado pedazo de animal. ¿Qué puedo ofrecerte?” (“Resabios negros. Fuego de la lengua invertebrada. Cartas a cuatro manos”). Por su parte, Bonafide Rojas no solo siguió apelando a la memoria de la condición nuyorican, sino también a la memoria personal:

through the years
& i go to my
bedroom window
the one that my son
& i have both looked
out of & i look at the big sky
over the abandoned church
across the street
& i watch the sunset
& if today is
my last day i’ll say
damn!
i was a lucky
bastard wasn’t
i. (“On the last day”)

Además, el poeta dejó al público apreciar los vínculos entre palabra hablada y cantada gracias a su propia voz y al acompañamiento de la bello canto de Yabey, miembro de la banda Mona Passage, a la que Rojas también pertenece. En la misma sintonía, María Paz Valdebenito entregó en el escenario la cosecha de una mina emocional con el acompañamiento de su guitarra:

El dolor es parte de la paz
por eso asumo estos días tristes con paciencia
y no con la desesperación del endeudado
aun así caen
caen los granizos
sobre anchas baldosas. (“Parábola de la interrogación”)

Finalmente, Latinale 2018 ingresó en una bifurcación de los senderos y viajó a Osnabrück y a Hamburgo, donde la jornada poética tomó otras formas. Hacia el primer destino se embarcaron Queen Nzinga Maxwell, Diana Garza Islas y quien escribe. Allí no sólo participaron de una lectura de poesía y un conversatorio sobre la trayectoria de Latinale y su propio trabajo en compañía de Rike Bolte, sino que durante dos días se hicieron cargo de un taller de escritura de poesía con estudiantes de escuela secundaria. El tiempo que transcurrió con los y las talleristas (talleristes) fue de continuo descubrimiento e inesperados hallazgos de chispazos creativos. Por otro lado, hacia Hamburgo se encaminaron Timo Berger, Bonafide Rojas y Sergio Raimondi con el fin de darle el encuentro al poeta chileno, Tomás Cohen, y a las poetas Lubi Barre (Francia/Alemania) y Nefeli Kavouras (Alemania). Este encuentro multilingüe significó una provechosa forma de cerrar un festival cuya fibra destiló talento, diversidad expresiva y, sobre todo, una voluntad vagabunda. La cualidad itinerante del festival Latinale 2018 no sólo indica la convocatoria de poetas de extracciones múltiples, sino que señala también una itinerancia lingüística, producto del trabajo de traducción. Sólo por su mediación se hicieron posible los pasajes por donde imaginarios y lenguas (español, el alemán, el inglés y el spanglish) salieron a su mutuo encuentro, vagabundearon juntos y abrieron más caminos.

 

 

 

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